A partir de 1733, Rameau se consagró de manera casi exclusiva a la música lírica: lo que precedió no fue más que una larga preparación.
No escribió tampoco ningún escrito teórico más y parece que sólo compuso en esos años las Pièces de clavecin en concert, nacidas probablemente de conciertos organizados en casa del «Fermier-général» y que es la única incursión de Rameau en el campo de la música de cámara.
Su música de escena, como la de Lully, continuó siendo programada hasta el final del Antiguo Régimen, y después desapareció del repertorio durante más de un siglo.
Ninguno de ellos pudo redactar un texto a la altura de su música, y como era habitual en el género, las intrigas eran a menudo alambicadas y de una ingenuidad y de una falta de verosimilitud desconcertantes.
La Opéra de París siguió en 1908 con Hippolyte et Aricie, aunque fue un medio fracaso; la obra no atrajo más que a un público limitado y no tuvo más que algunas representaciones.
El 24 de octubre de 1737 se estrenó su segunda tragedia lírica, Castor et Pollux, con un libreto de Gentil-Bernard, a quien también había conocido en casa de La Pouplinière.
Incluso su música, a veces tan grácil y ligera, es de carácter opuesto al aspecto exterior del hombre y con aquello que se sabe de su carácter, descrito de manera caricaturesca y quizás exagerada por Diderot en Le neveu de Rameau.
El símbolo de esta resistencia era la tragedia musical de Lully —en ese momento simbolizada por el viejo Rameau— y, sin embargo, la atracción de la música italiana se dejaba sentir desde hacía mucho tiempo en la práctica de la música instrumental.
Es curioso que, después de haber ejercido las funciones de organista durante la mayor parte de su carrera, apenas haya dejado ninguna pieza para este instrumento.
