Eduardo I de Inglaterra

Eduardo I de Inglaterra ( – ), popularmente conocido como ""El Zanquilargo" o "Piernas Largas"" (en inglés "Longshanks"), rey de Inglaterra. Fue el primogénito del rey Enrique III de Inglaterra, al que sucedió. Eduardo I de Inglaterra adquirió protagonismo histórico al conquistar extensos territorios de Gales y por sus intentos de conquista de Escocia.
Eduardo I Longshanks nació en el Palacio de Westminster, el 17 de junio de 1239, siendo el primogénito del rey Enrique III de Inglaterra y de Leonor de Provenza. y reinó desde 1272 hasta 1307, ascendiendo al trono de Inglaterra el 16 de noviembre de 1272 tras la muerte de su padre. Aunque padeció varias enfermedades graves durante su infancia, gozó de buena salud durante su edad adulta.
En 1254, y ante el temor de una invasión castellana de la provincia inglesa de Gascuña, Enrique III decide concertar el matrimonio entre Eduardo y Leonor de Castilla, hermanastra de Alfonso X. El matrimonio se celebró el 18 de octubre de 1254, en el monasterio de las Huelgas, en Burgos. La princesa, noble y virtuosa, se convertiría en una fiel compañera para Eduardo, —llegando a acompañarlo a la Octava Cruzada— siendo el suyo uno de los escasos matrimonios reales exitosos en toda la historia.
Aunque Enrique otorgó considerables posesiones a su hijo, Eduardo carecía de independencia para gobernarlas. Así, aunque había recibido de su padre el ducado de Gascuña en 1249, Simón de Montfort, VI conde de Leicester había sido nombrado Teniente Real el año antes; por tanto, percibía los ingresos generados y tenía la autoridad, lo que significaba que en la práctica Eduardo no obtenía ningún beneficio de esa posesión. En 1254, con motivo de su boda, Enrique le otorgó grandes extensiones de terreno en Irlanda, Gales e Inglaterra, incluyendo el condado de Chester pero manteniendo aún gran parte de su poder en estos territorios.
En los años posteriores a 1254, Eduardo, se relacionó muy estrechamente con personajes como Pedro II de Saboya, tío de su madre y William de Valence, hermanastro de Enrique III y jefe del partido Lusiñón. Años más tarde, estos nobles se encontrarían en medio del movimiento de los Barones.
Eduardo dejó bien patente desde el principio su inclinación a hacer las cosas a su manera en los asuntos políticos. Así, en 1255, decidió tomar parte en una disputa nobiliaria en Gascuña, frente a la tradicional actitud de mediación y neutralidad que caracterizaba a su padre. En mayo de 1258, varios nobles ingleses entregaron al rey las conocidas como Provisiones de Oxford, un escrito que buscaba limitar el poder del bando Lusiñon en los asuntos de la corona. En un principio, Eduardo se mantuvo junto a sus aliados pero, ante el triunfo final de las provisiones, su actitud comenzó a modificarse, firmando acuerdos con el conde de Gloucester, Richard de Clare, uno de los principales reformistas, y pronunciándose a favor del líder de los barones, Simon de Montfort.
Este cambio pudo deberse a razones puramente pragmáticas, ya que Montfort podía apoyar a Eduardo en Gascuña. Durante la estancia de Enrique III en Francia, el joven príncipe continuó con sus intrigas, haciendo pensar al rey que tramaba un golpe de estado; sin embargo, se sometió nuevamente a su padre al regreso de éste.
En 1263, Eduardo fue puesto al frente de una campaña militar en Gales contra el príncipe Llywelyn ap Gruffudd, con resultados bastante modestos. Por esa misma época, Simon de Montfort, exiliado en Francia desde 1261 había regresado a Inglaterra para reavivar el movimiento de los barones. Eduardo tomó entonces el partido de su padre, decidido firmemente a defender sus prerrogativas reales. Reunió un ejército y se enfrentó a los rebeldes, consiguiendo recuperar el castillo de Windsor. Finalmente, y gracias a la mediación de Luis IX de Francia, ambos bandos consiguieron llegar a un acuerdo, conocido como Mise de Amiens, claramente favorable a los realistas, y que dejó abierta la puerta a nuevos enfrentamientos.
El 24 de junio de 1268, Eduardo junto a su hermano Edmundo y su primo Henry de Almein y otros nobles ingleses, tomaron la cruz para poder iniciar la que sería la Novena Cruzada.
El primer problema al que se tuvo que enfrentar Eduardo fue el de la financiación. Aunque Luis IX de Francia, principal patrocinador de la cruzada había hecho una aportación inicial de 17.500 libras, esto no iba a ser suficiente. El resto debería recaudarse a través de un nuevo impuesto. En mayo de 1270, el parlamento inglés aprobó la concesión de un veinteno (20% de todos los bienes muebles), a cambio del cual Eduardo se comprometió a reconfirmar la Carta Magna y a restringir las actividades judías de préstamo. Finalmente, el 20 de agosto de 1270, Eduardo partió del puerto de Dover al frente de un ejército formado por aproximadamente 1000 hombres, de los cuales 225 eran caballeros.
Aunque el propósito inicial de la campaña era el de recuperar la fortaleza de Acre, Luis IX y su hermano Carlos de Anjou, rey de Sicilia, desembarcaron en Túnez con el propósito de atacar el emirato para hacerse con una posición estratégica en el norte de África. Sin embargo, una epidemia azotó el campamento francés e hizo fracasar la expedición, además de causar la muerte del propio rey de Francia. Cuando Eduardo llegó a Túnez, Carlos ya había firmado una tregua con los tunecinos y se disponía a regresar a Francia, tras lo que el príncipe inglés decidió continuar hacia Tierra Santa, desembarcando en Acre el 9 de mayo de 1271.
La situación en Tierra Santa a la llegada de Eduardo era extermadamente precaria. Jerusalén había caído en 1187 y Acre era el centro del estado cristiano. Aunque los cruzados ingleses constituían un importante refuerzo para los cristianos de la zona, tenían poco que hacer frente a los mamelucos liderados por Baibars. En noviembre, el príncipe inglés encabezó un ataque a Qaqun pero sin resultados. La situación era cada vez más desesperada y en mayo de 1272, Hugo III de Chipre, rey de Jerusalén, firmó una tregua con Baibars I. En un principio, Eduardo se mostró reacio a abandonar la campaña, pero, tras sufrir un intento de asesinato en el mes de junio, reconsideró su posición y, finalmente, partió hacia Inglaterra el 24 de septiembre de 1272.
Al desembarcar en Sicilia durante su regreso recibió las noticias de la muerte de su padre Enrique III de Inglaterra, que había fallecido el 16 de noviembre. No obstante, Eduardo decidió no apresurar su regreso, ya que en Inglaterra la situación política se había estabilizado mucho tras la victoria sobre los barones. En su ausencia, el país estuvo gobernado por un consejo real encabezado por Robert Burnell. Durante su regreso, Eduardo visitó al Papa en Roma y sofocó una rebelión en Gascuña. Finalmente, el 2 de agosto de 1274 llegó a Inglaterra, donde fue coronado el 19 de agosto.
A su regreso a casa, las primeras medidas tomadas por el nuevo rey fueron dirigidas a restablecer el orden y la autoridad real en el país. Así, una de sus primeras decisiones fue el nombramiento de Robert Burnell como Lord Canciller, un hombre que siempre contaría con la confianza de Eduardo y que permanecería en el cargo hasta 1292. Posteriormente, procedió a reemplazar a los oficiales locales como los sheriffs y los "escheators" (con funciones similares a notarios), con el propósito de realizar un censo de todo el país, proceso durante el cual también se atenderían las demandas acerca de los abusos cometidos por los oficiales reales. Resultado de esta investigación fueron los conocidos como "Rollos de los Cientos", ya que los Cientos era la división administrativa usada en muchas zonas de Inglaterra y Gales.
Además, este censo permitiría determinar las tierras y derechos de los que la corona había sido desposeída durante el reinado de Enrique III en el proceso conocido como "Quo warranto". De esta forma se pretendía evitar el apropiamiento indebido de las encomiendas (Liberties en inglés). Si los titulares no podían presentar una licencia real, las encomiendas se deberían revertir a la corona. Esto causó una gran consternación entre la aristocracia, que afirmaba que el ejercicio de esos cargos constituía licencia suficiente. Finalmente, en 1290, ambas partes llegaron a un acuerdo, considerando legítimas aquellas encomiendas cuyos titulares pudieran demostrar que se habían venido ejerciendo desde la coronación de Ricardo I, en 1189. Aunque los beneficios económicos de la operación fueran escasos, Eduardo I consiguió, gracias a los Rollos de los Cientos, que se reconociera que todas las encomiendas tenían su origen en la autoridad real.
Tras la Segunda Guerra de los Barones, el príncipe Llywelyn ap Gruffudd había conseguido fortalecer su posición en Gran Bretaña. A través del Tratado de Montgomery de 1267, las tierras que había logrado conquistar en Four Cantrefs of Perfeddwladd le fueron otorgadas oficialmente y se le reconoció como Príncipe de Gales.
Sin embargo los conflictos armados continuaron, protagonizados especialmente por algunos Señores de las Marcas. La tensión aumentó cuando el hermano menor de Llewelyn, Dafydd ap Gruffyd y el rey de Powys, Gruffydd ap Gwenwynwyn, se pasaron al bando inglés en 1274 tras un fallido intento de asesinato. En estas circunstancias, Llewelyn se negó a prestar homenaje a Eduardo I, y mayor provocación aún fue el matrimonio concertado entre Llewelyn y Eleanor de Montfort, hija de Simon de Montfort. En noviembre de 1276, Inglaterra declaró oficialmente la guerra a Gales. Los primeros ataques fueron dirigidos por el Baron Mortimer, Edmundo de Lancaster, hermano del rey y William de Beauchamp, IX conde de Warwick. Por su parte, Llywelyn contaba con escasos apoyos, incluso entre sus propios hombres. En julio de 1277, Eduardo, al frente de un ejército de 15.500 hombres -de los cuales 9.000 eran galeses- inició la invasión. Los ejércitos ingleses no encontraron apenas oposición, y Llywelyn pronto se dio cuenta de que su única opción era la rendición. Tras el Tratado de Aberconwy de noviembre de 1277, el galés únicamente pudo conservar el territorio de Gwynedd, aunque conservando su título de Príncipe.
Cuando se reanudaron las hostilidades en 1282, la situación había cambiado completamente. Para los galeses se trataba ahora de un cuestión de identidad nacional y el apoyo popular fue masivo. Esta respuesta fue provocada por los intentos de aplicar la legislación inglesa a los súbditos galeses. Para Eduardo, se trataba no de una simple campaña de castigo como la campaña de 1277, sino de una guerra de conquista. La guerra comenzó con la rebelión de Dafydd, descontento con la gratificación recibida de los ingleses en 1277, y pronto se le unieron otros jefes galeses. Inicialmente, la fortuna les sonrió en las batallas de Llandeilo Fawr y Moel-y-don. Sin embargo, el 11 de diciembre Llywelyn perdió la vida en la batalla de Orewin Brindge, lo que significó un serio golpe para la resistencia galesa. La sumisión de Gales se completó en junio de 1283, cuando Dafydd fue capturado y ejecutado como traidor en Shrewsbury, en otoño de ese mismo año.
Sin embargo, las revueltas en Gales se reprodujeron en 1287-1288 y, con especial intensidad en 1294-1295, encabezada esta última por Madog ap Llywelyn, primo lejano del ex rey galés Llywelyn ap Gruffudd, obligando a la intervención del propio rey Eduardo. Pero, en cualquier caso, tras el Estatuto de Rhuddlan de 1284, el Principado de Gales fue incorporado a Inglaterra, organizándose según los principios y sistemas ingleses. Se crearon nuevas ciudades como Flint, Aberystwyth o Rhuddlan y se creó una línea de defensa formada por numerosos castillos, entre los que destaca, entre otros, el castillo de Caernarfon, donde nació, en 1284, el futuro Eduardo II de Inglaterra.
Eduardo nunca llegó a participar en otra cruzada, aunque en 1287 tomó nuevamente la cruz. Sin embargo, la posibilidad de una nueva cruzada se vio entorpecida por el conflcto entre la Casa de Anjou-Sicilia y la Corona de Aragón por el dominio de Sicilia. En 1282, los ciudadanos de Palermo se habían levantado en armas contra Carlos I de Anjou, solicitando la ayuda de Pedro III de Aragón en lo que se ha conocido como las Vísperas Sicilianas. Tras varios enfrentamientos, y viendo que la guerra era inminente, Eduardo I consiguió que ambas partes llegara a un acuerdo de paz en 1286. Sin embargo, la caída de Acre en 1291 frustró definitivamente los planes del monarca inglés.
Tras la caída de Acre, Eduardo se centró en los problemas de su ducado de Gascuña. En 1278, tras una investigación realizada por Otto de Grandson y Robert Burnell, el senescal Luke de Tany fue reemplazado. Durante su visita en 1286, presentó homenaje al rey Felipe, como vasallo suyo que era; sin embargo, cuando en 1294 Eduardo se negó a comparecer ante el rey para tratar ciertos problemas entre las flotas inglesa, francesa y gascona, el monarca francés confiscó sus tierras.
Eduardo planeó un ataque por dos frentes: mientras que ejércitos ingleses atacaban Gascuña, los principales nobles de los Países Bajos. Alemania y Borgoña atacarían Francia desde el norte. Sin embargo, estas alianzas resultaron fallidas, y Eduardo se vio inmerso en sus propios problemas con Gales y Escocia. En 1297 partió por fin hacia Flandes, sólo para descubrir que sus aliados habían sido derrotados., por lo que Eduardo se vio obligado a negociar la paz. Así, la Gascuña finalmente fue devuelta a Eduardo y la paz se selló con su matrimonio con la princesa Margarita en 1299.
La relación entre Inglaterra y Escocia durante la década de los 80 había sido relativamente armoniosa y tranquila. Las cuestiones de vasallaje no habían alcanzado el mismo grado que en Gales y en 1278 Alejandro III de Escocia presentó homenaje a Eduardo, pero en principio sólo por sus propiedades en Inglaterra. Sin embargo, a principio de la década de 1290, la situación iba a cambiar drásticamente. En 1286 falleció Alejandro III, dejando como única heredera a su nieta Margarita de 3 años, nacida del matrimonio entre su hija Margarita y el rey Erico II de Noruega. Por el Tratado de Birgham se concertó el matrimonio entre Margarita y el hijo de Eduardo, el futuro Eduardo II de Inglaterra, aunque Escocia se mantendría libre de la intervención inglesa.
En el otoño de 1290, con siete años, Margarita partió de Noruega hacia Escocia, pero enfermó en el trayecto y murió en las Orcadas. La muerte de Margarita dejó a Escocia sin heredero y dio lugar al episodio conocido como La Gran Causa. En total, se presentaron catorce posibles candidatos, aunque los únicos pretendientes con opciones fueron Juan de Balliol y Robert Bruce, abuelo del futuro Roberto I de Escocia.
Los nobles escoceses pidieron a Eduardo que sirviera de árbitro en su disputa Para ello, exigió en primer lugar que se reconociera su condición de señor feudal sobre Escocia, lo que los escoceses rechazaron, afirmando que, al no haber rey, nadie tenía la autoridad para tomar esa decisión. Finalmente, los escoceses decidieron conceder a Eduardo el gobierno del reino hasta que se encontrara un heredero apropiado. Tras largas deliberaciones, el 17 de noviembre de 1292 Juan de Balliol fue nombrado heredero
Tras la proclamación de Balliol, Eduardo siguió intentando imponer su autoridad en Escocia, accediendo a revisar los casos juzgados por los Guardianes durante el interregno, llegando a citar al propio Balliol ante el Parlamento inglés. Pero la gota que colmó el vaso fue la petición de Eduardo I a los escoceses de ayuda militar contra Francia. Los escoceses firmaron con Francia una alianza y lanzaron un fallido ataque sobre Carlisle Eduardo procedió acto seguido a invadir Escocia en 1296, ocupando Berwick tras un sangriento ataque. Poco después, ingleses y escoceses midieron sus fuerzas en Dunbar, donde los escoceses cosecharon una dolorosa derrota que prácticamente aniquiló toda resistencia. El monarca inglés depuso a Balliol y lo envió a la Torre de Londres, tras lo que dejó el país en manos inglesas. La campaña supuso un gran éxito, pero el triunfo inglés habría de ser sólo temporal.
Durante todo el reinado de Eduardo, las dificultades financieras fueron constantes, debido a las continuas campañas militares del monarca. Los ingresos provenían de varias fuentes, principalmente aranceles e impuestos indirectos, préstamos e imposición directa ("lay subsidies"). Durante su reinado, Eduardo adoptó numerosas medidas para lograr la financiación que necesitaba
El pueblo judío también constituía una importante fuente de ingresos para el rey. Como propiedad privada suya, podía gravarlos a su conveniencia. Sin embargo, en 1280, los judíos ingleses habían sido explotados hasta extraer todo el rendimiento que de ellos se podía, aunque aún conservaban cierto valor político. Ya en 1275, el rey había promulgado el Estatuto de Judaísmo, que prohibía la usura e incentivaba al pueblo hebreo a dedicarse a otras actividades; en 1280, se ordenó a este grupo a asistir a sermones especiales de los frailes dominicos con la esperanza de lograr la conversión, aunque sin resultado. Finalmente, en 1290, Eduardo ordenó la expulsión formal de los judíos de Inglaterra. Esto le permitió apropiarse de los préstamos y propiedades que estaban en poder de los judíos, además de darle un capital político que le permitió obtener un nuevo subsidio del Parlamento
Uno de los principales logros de Eduardo I como rey fue la reforma de la institución parlamentaria y su transformación en una fuente de ingresos. En el parlamento de 1295, además de los señores laicos y religiosos, fueron convocados dos caballeros de cada condado y dos representantes de cada ciudad o "borough". La presencia de comunes en el Parlamento no era algo nuevo, pero sí lo era el hecho de que acudieran con plena autoridad ("plena potestas") para apoyar o no las medidas sometidas a discusión. Esto facultaba al rey para recaudar subsidios de todos sus súbditos, no sólo de los nobles. Este formato se convirtió en estándar a partir de entonces, y los historiadores bautizaron este parlamento de 1295 como "Parlamento modelo".
Las continuas empresas bélicas inglesas durante la década de 1290 supusieron un gran esfuerzo financiero para los súbditos de Eduardo, que se veían obligados a hacer frente al pago constante de impuestos. Esta situación acabó creando un clima de oposición política, iniciado por la Iglesia. Durante 1294 y 1295, Eduardo había recaudado impuestos extraordinarios, pese al descontento general. Pero en 1296, el Papa emitió la bula titulada "Clericis laicos", que prohibía al clero el pago de impuestos a la autoridad real sin consentimiento explícito del Papa. Cuando el clero, encabezado por el arzobispo de Canterbury Robert Winchelsey se negó a conceder otro subsidio a Eduardo amparándose en la bula, éste reaccionó proscribiendo a toda la Iglesia. Winchelsey se debatía entre su lealtad al rey y su lealtad al Papa, por lo que finalmente dejó la cuestión del pago a la decisión individual de cada uno. A finales de ese año, la nueva bula papal "Etsi de statu" vino a solucionar este problema, al permitir la imposición al clero en casos de urgencia.
La oposición laica tardó algo más en hacerse patente. En julio de 1297 Roger Bigod, conde de Norfolk y Humphrey de Bohun, conde de Hereford expusieron sus quejas al rey por los elevados impuestos. Eduardo hizo oídos sordos y pidió consentimiento a sólo un pequeño grupo de nobles, sin contar con el resto del parlamento, lo que puso al país al borde de la guerra civil. Afortunadamente, la derrota inglesa en Stirling Bridge hizo que monarca y nobles se unieran contra el enemigo. Eduardo confirmó la Carta Magna y la nobleza en bloque acompañó al rey en su campaña escocesa.
Tras la campaña de 1296, la situación en Escocia parecía haber quedado resuelta, pero pronto emergió la resistencia, organizada por William Wallace, hábil estratega y personaje carismático. El 11 de septiembre de 1297 un gran ejército inglés liderado por John de Warenne, conde de Surrey y Hugh de Cressingham fue derrotado por un ejército escocés liderado por Wallace y Andrew de Moray, muy inferior en número, en la batalla de Stirling Bridge. Esta derrota conmocionó al gobierno inglés, que inmediatamente comenzó a preparar una respuesta militar. El 22 de julio de 1298, escoceses e ingleses midieron sus fuerzas en la batalla de Falkirk, con aplastante victoria inglesa. Sin embargo, Eduardo no fue capaz de rentabilizar su triunfo y al año siguiente los escoceses recuperaron el castillo de Stirling. En 1300 y 1301, Eduardo volvió a invadir Escocia con la idea de derrotar definitivamente a los escoceses, pero éstos adoptaron tácticas de guerrilla, sin presentar batalla en campo abierto. Los ingleses, no obstante, consiguieron someter el país por otros medios. En 1303, Inglaterra y Francia firmaron un acuerdo de paz que implicaba la ruptura de la alianza franco-escocesa. Robert Bruce, el futuro Roberto I, nieto del Robert Bruce que en 1291 se había postulado como candidato al trono, se unió a los ingleses en el invierno de 1301-1302. En 1304, la gran mayoría de nobles escoceses juraron lealtad a Eduardo, que consiguió recuperar Stirling. En 1305, Wallace fue apresado por sus propios hombres, que le entregaron a los ingleses. Enviado a Londres, fue ejecutado públicamente. Con Escocia prácticamente conquistada, Eduardo volvió a Inglaterra.
La situación iba a dar un nuevo vuelco cuando en 1306, Robert Bruce asesinó a su rival John Comyn y se proclamó rey de Escocia pocos días más tarde, el 25 de marzo. Bruce se embarcó en una campaña para recuperar la independencia, lo que tomo a los ingleses por sorpresa. Eduardo I se encontraba enfermo y estaba incapacitado para emprender una expedición, por lo que encomendó a Aymer de Valence y a Henry Percy la dirección de la misma, junto con el príncipe de Gales, que mandaría el grueso del ejército. Tras los triunfos iniciales en Methven, Robert Bruce se vio obligado a huir y permanecer oculto mientras las tropas inglesas conseguían recuperar terreno. Eduardo actuó con brutalidad contra los aliados de Bruce pero esto, lejos de someter a los escoceses, movilizó a la población contra Inglaterra y en favor de Bruce. En febrero, Bruce comenzó a recomponer su ejército y en mayo consiguió derrotar a Aymer de Valence en la batalla de Loudon Hill. El rey, recuperado en parte de sus problemas de salud se desplazó al norte. No obstante, enfermó de disentería durante el viaje y falleció en Burgh by Sands, justo al sur de la frontera escocesa. Fue enterrado en la Abadía de Westminster el 27 de octubre de 1307
Su esposa, Leonor de Castilla, falleció el 28 de noviembre de 1290. Eduardo amaba a su esposa y su muerte le afectó profundamente. Como muestra de dolor, hizo erigir doce cruces llamadas Cruces de Leonor, una en cada lugar de paso del cortejo fúnebre. La última de éstas es la conocida Charing Cross de Londres (donde hoy se encuentra la plaza y estación). Sin embargo, la cruz original fue destruida por los puritanos de Cromwel en el siglo XVII.
Como parte de los acuerdos de paz de 1294 entre Inglaterra y Francia, se concertó el matrimonio entre Eduardo y la princesa francesa Margarita, hija de Felipe III de Francia. El matrimonio se celebró en 1299.
Eduardo y Leonor tuvieron al menos catorce hijos, quizá incluso hasta dieciséis. De ellos, sobrevivieron hasta la edad adulta cinco niñas y un solo niño -el futuro Eduardo II. Se sabe que Eduardo I estaba preocupado por la capacidad de su hijo para sobrevivir como rey, y decidió el exilio de Piers Gaveston, favorito del príncipe.
Con Margarita tuvo dos hijos, que llegaron a la edad adulta, y una hija que falleció cuando era niña.